El neurólogo Sun Bomin afirma que los síntomas de alzhéimer de su madre mejoraron tras un procedimiento de ultrasonido focalizado de alta intensidad. Dos pacientes más mostraron una rápida mejoría con el mismo tratamiento

Las imágenes PET y MRI de amiloide muestran a un paciente con enfermedad de Alzheimer temprana. (Dr. Suzie Bash)
Por
Jesús Díaz
26/01/2026
La madre de Sun Bomin no era una candidata para la cura del alzhéimer; a sus noventa y tantos años, era una víctima consumada de la enfermedad. El trastorno cerebral progresivo la había mantenido atrapada durante ocho años en lo que su hijo define como un silencio pasivo, un estado donde la memoria y el tiempo quedan anulados hasta el punto de mostrar indiferencia incluso ante la muerte de un familiar cercano. Ahora todo ha cambiado.
En 2024, Sun, director del centro de neurocirugía funcional del Hospital Ruijin de Shanghái, se vio obligado a intervenir a su propia madre. El objetivo no era restaurar su mente, afirma el diario hongkonés South China Morning Post, sino tratar una distonía física que le provocaba contracciones musculares involuntarias y una severa protrusión lingual.
Lo que comenzó como una corrección motora se transformó en un hallazgo accidental que cuestiona el dogma de que la enfermedad de alzhéimer es incurable. Tras someterla a un procedimiento de ultrasonido focalizado de alta intensidad (FUS), la cognición de su madre se ‘encendió’ inesperadamente: recuperó la capacidad de reconocer a sus familiares, expresó necesidades emocionales y logró realizar cálculos, como contar hacia atrás desde 100 de siete en siete. Este resultado anecdótico ha llevado a Sun a iniciar un ensayo clínico con siete pacientes, donde dos ya han mostrado una «rápida mejoría» y el resto presenta una tasa media de recuperación del 50 por ciento.
‘Cuchillo’ de ondas magnéticas
La tecnología que ha obrado este aparente milagro médico no es magia, sino una aplicación de fuerza bruta física convertida en precisión quirúrgica que Sun denomina ‘cuchillo de ondas magnéticas’. El sistema emite múltiples ondas de ultrasonido desde distintos ángulos que viajan de forma inocua a través del tejido cerebral. Solo cuando convergen en un único punto focal la energía se suma para ejercer fuerza o generar calor, permitiendo a los neurocirujanos manipular el entorno intracraneal sin necesidad de abrir el cráneo.
Para lograr esta precisión, la ingeniería detrás del tratamiento es exhaustiva. El paciente debe portar un casco que integra 1.024 transductores en miniatura, los componentes que transforman la electricidad en vibración acústica. Todo el proceso ocurre dentro de una máquina de resonancia magnética (RM), lo que permite al equipo visualizar el cerebro en tiempo real. Según explica el ingeniero biomédico Richard J. Price, la gran barrera histórica fue el propio hueso: el cráneo absorbe la energía acústica. La solución técnica requirió integrar grandes matrices de transductores de ultrasonido con datos de imagen sobre la densidad y forma del hueso para corregir la trayectoria del sonido.

El doctor con uno de sus pacientes.
Sun describe el efecto físico de este bombardeo sónico sobre el cerebro enfermo con una metáfora agrícola: es como sacudir una cesta de aventar para separar el arroz. La hipótesis es que el impacto de choque reordena el caos original del tejido afectado. Esta sacudida podría estar limpiando los depósitos de proteínas anormales o reactivando circuitos neuronales dormidos, aunque el propio Sun admite que lo que exactamente ha cambiado sigue siendo desconocido en la actualidad.
Los efectos de esta reestratificación neuronal son tangibles en el caso de Wang Guifang, el seudónimo de una paciente del ensayo que pasó de un estado de inactividad total con expresión vacante a retomar el control de su vida. Tras el tratamiento, Wang comenzó a realizar tareas domésticas como lavar la ropa y doblar edredones, e incluso recuperó su afición por el canto, exigiendo a su familia ir al karaoke cada fin de semana. Price aporta una explicación técnica complementaria a esta reactivación: el ultrasonido puede oscilar microburbujas en los vasos sanguíneos para abrir diminutos poros en la barrera hematoencefálica, permitiendo el paso de terapias.
De destruir a sanar
Existe una ironía de diseño en el uso del ultrasonido: es una herramienta que históricamente se usó para destruir, ahora recalibrada para sanar. Price recuerda que, hace más de ocho décadas, la ciencia descubrió que enfocar estas ondas en un punto del tamaño de un grano de arroz podía calentar y destruir tejido cerebral, igual que una lupa quema una hoja seca con la luz solar. Si bien esta capacidad destructiva se usa hoy para quemar tumores o tratar el temblor, el nuevo enfoque busca una modulación sutil, una negociación con la biología en lugar de una aniquilación del tejido.
El mayor obstáculo en este diseño biológico siempre ha sido la exquisita solución de la evolución para proteger el cerebro: la barrera hematoencefálica. Esta muralla celular impide la entrada de toxinas, pero también bloquea los fármacos. El ultrasonido focalizado resuelve este problema de ingeniería biológica forzando una apertura temporal. Según Price, los pulsos de baja intensidad abren la barrera solo en el punto exacto de enfoque, permitiendo que medicamentos contra el cáncer o el alzhéimer penetren en el santuario del cerebro.
Aunque Sun mantiene la cautela tras observar que la mejoría en dos pacientes graves disminuyó gradualmente con el tiempo, la puerta está abierta. Veremos si finalmente se materializa en un tratamiento, aunque al final resulte ser crónico.
20/02/2026
