Recorremos varias estaciones de metro en las que se acumulan vendedores ambulantes irregulares de origen latinoamericano. La Policía los multa y les decomisa su mercancía, pero eso no les detiene

Por

Alfredo Herrera Sánchez

Fotografías: Ana Beltrán

02/06/2026

EC EXCLUSIVO

La salida de algunas estaciones del Metro de Madrid se han convertido en un emergente mercadillo ilegal de comida latinoamericana. Empanadas de carne y de pollo, patatas rellenas, refrescos y helados se venden en efectivo o por bizum en barrios donde se concentra la población inmigrante. La Policía de la capital confisca la mercancía e impone multas a los vendedores, pero ellos insisten y el fenómeno no cesa. Algunos son extranjeros sin permiso de trabajo.

Juan es colombiano, tiene 29 años y lleva dos viviendo de las empanadas que hace su tío. Las recoge antes de la comida, las paga a 1,50 euros cada una y se “planta” con una nevera térmica en la entrada de Metro de Plaza Elíptica hasta venderlas todas. Acumula nueve multas y cientos de euros en pérdidas por los decomisos, pero prefiere ganarse la vida de esa forma que terminar en la hostelería o la construcción. Probó suerte en la obra y tuvo que dejarla porque su dermatitis crónica no reaccionaba muy bien al cemento.

“Cuando cerraron la Línea 6 me fui a vender a la estación de Renfe de Entrevías”, explica a El Confidencial el joven mientras pregona sus “empanadas con picante” en una escalera de acceso al Metro. “Allí no me fue mal, aunque trabajaba con un peruano, pero en cuanto reabrió esta estación me volví porque aquí siempre he tenido mi punto de trabajo fijo. La mayoría de mis clientes son latinos como yo, pero los españoles también me compran, sobre todo cuando me ven acá pasando calor o frío”.

Si no tienes efectivo, aceptan bizum

La seguridad contratada por el Metro de la capital no permite que Juan venda sus productos dentro de la estación, de ahí que lo pase mal cuando arrecia el invierno o el verano. También se lamenta de que las bajas temperaturas enfrían muy rápido sus empanadas o que el sol puede “dañarlas”Emilio Gallego, el secretario general de Hostelería España, considera que los riesgos que implican estas ventas ambulantes las convierten en una “irregularidad absoluta”.

Dentro del sistema de restauración español “no cabe” un formato de esas características, explica el portavoz de la mayor organización empresarial del sector. Los alimentos y bebidas están sujetos a una normativa rigurosa de seguridad y estos productos vienen a ser una especie de catering ya que se venden en puntos distintos a los que se elaboran. “La regulación que deben seguir los negocios de catering es más rigurosa y estricta que la de un local tradicional”, alerta Gallego. “Además, estas ventas incumplen normativas de comercio, fiscales y laborales, sin contar que pueden constituir incluso un delito para la salud pública si alguien sufre una intoxicación”.

Empanadas de carne de ternera y de pollo vendidas en una entrada de la estación de Metro de Plaza Elíptica. (Ana Beltrán)

Postres caseros vendidos en una entrada de la estación de Metro de Plaza Elíptica. (Ana Beltrán)

 

Gallego insiste en que los riesgos sanitarios resultan muy preocupantes, más allá de que el gremio hostelero pueda verse perjudicado por la competencia desleal que ejercen estos vendedores irregulares: “Lo de menos es que pierdan clientela los restaurantes y cafeterías alrededor de la estación de Metro de Oporto, por ejemplo, el principal problema radica en la vulneración de la seguridad alimentaria”.

La estación de Oporto fue donde comenzó a crecer el fenómeno, explica Juan, “por eso todo el mundo quiere ir a vender allí porque piensan que seguro les irá bien”. El Confidencial recorrió dicha estación, pero tanto una mujer que vendía helados como un hombre que ofrecía sus “empanadas y humitas” se negaron a dar declaraciones. Ambos eran bastante mayores y tenían dificultades para atender a los clientes. Siempre manipulaban con pinzas sus productos y los entregaban con una servilleta a los compradores. Parecían necesitar una tercera mano cuando al mismo tiempo debían sostener una empanada, despachar una venta y dar el cambio en monedas.

Eso sí, no se frenan si un cliente carece de efectivo. Ofrecen enseguida un número telefónico para recibir el bizum correspondiente (todo lo vendían a 2,50 euros), y hasta que no comprueben que les llega el dinero no entregan la empanada o el helado. Parecen bastante propensos a caer en timos. También se mueven constantemente de un lado a otro por la Glorieta del Valle de Oro, pero evitan acercarse mucho a las terrazas para evitar líos con los hosteleros. Movían la cabeza todo el tiempo de un lado a otro, expectantes de que apareciera la Policía.

Por eso Juan hace lo mismo y se mantiene a “cuatro ojos” en Plaza Elíptica para evitar a los vigilantes que la semana pasada lo retuvieron y llamaron a la Policía. En dos semanas le han puesto dos multas y perdió casi toda la mercancía de dos días. Hasta la publicación de este reportaje, la Policía Municipal de Madrid no ha respondido a la solicitud de comentarios formulada por este diario.

                                                                                                                       Un vendedor ambulante en Plaza Elíptica. (Ana Beltrán)

 

“Me dedico a esto porque no tengo papeles y es difícil que los consiga, porque me salen antecedentes penales debido a una pelea que tuve en una noche de fiesta”, explica el inmigrante que lamenta no poder beneficiarse de la regularización masiva lanzada por el Gobierno. “En la hostelería nunca me ha salido nada, de algo tengo que vivir y esto es una buena opción para quienes no tenemos documentación, por eso cada vez hay más personas haciendo lo mismo. Cuando yo empecé hace dos años éramos muy pocos vendiendo comida, pero ahora ha aumentado el número de vendedores ambulantes por todo Madrid. Casi todos somos latinos porque a un africano o a un español no se le daría bien vender productos latinos”.

Juan asegura que el éxito de su trabajo depende de cuánto le anuncie a la gente sus productos, porque si espera a que el público le pregunte qué vende “volvería con toda la mercancía a casa”. Prefiere no ir a otros barrios con más españoles para evitar a la Policía, y en Plaza Elíptica la gente ya está acostumbrada a verlo todos los días. “A veces viene una señora a vender mangos y otro colombiano se pasa antes del atardecer para ofrecer unos postres que hace él mismo. Tengo colegas que usan también las redes sociales y creo que eso puede ser un arma de doble filo. No quiero que la Policía me tenga más localizado aún”.

En una de las ocasiones en que Juan fue increpado por la Policía asegura haber sufrido un trato xenófobo por parte de un agente. Le dijo que ya estaba harto de verlo y que lo iba a “meter preso” si seguía haciendo lo mismo: “Llegó a empujarme por el pecho y me sentí mal porque al final esto no es un delito y no le hago daño a nadieVine a buscar oportunidades acá porque en mi país no las encontré. Otros policías son más amables y me comprenden, pero soy consciente de que hay cosas malas que me pueden pasar por hacer esto”.

“Pago impuestos, pero como repartidora”

El Confidencial consultó a los gabinetes de prensa de las empresas que administran los otros ocho metros que existen en España, para saber si además de el de Madrid hay otros sistemas de transporte público donde ha aumentado la venta ambulante e ilegal de comida. Desde Barcelona sí reconocen haber detectado a varios vendedores ambulantes en sus estaciones, pero desde Valencia, Alicante y Palma de Mallorca descartan estar padeciendo esta problemática. No obtuvimos respuesta desde las otras cuatro ciudades con metro (Bilbao, Sevilla, Granada y Málaga).

En Barcelona sí se han expandido más estas ventas ambulantes, que llegan a ser frecuentes incluso dentro de los propios trenes de pasajeros. Hace poco se viralizó un video que mostraba a una señora riñendo a un joven que vendía caramelos en el metro catalán. La mujer le recriminaba al chico que no podía vender caramelos allí. Ella no paraba de gritar y mover las manos y él apenas reaccionó, pero otra pasajera tuvo que intervenir para calmar a la mujer.

Escenas como la anterior parecen ser bastante comunes en Barcelona, como ocurre ya en Madrid con los típicos vendedores de chicles, Chupa Chups o pañuelos. La normalización de este fenómeno en el transporte público de la ciudad condal incluso ya se está parodiando en redes sociales. Con el objetivo de limitar esta tendencia y otras irregularidades comerciales, el Ayuntamiento de Barcelona ha iniciado la tramitación de una nueva ordenanza para regular los mercados ambulantes y de venta no sedentaria.

Algunos vendedores de Madrid incluso han intentado acreditar su actividad. Como ha hecho Camila, una peruana de 39 años que vende empanadas, patatas rellenas, agua y refrescos a las afueras de la estación de Renfe de Alcalá de Henares. Lleva tres años en España y su único trabajo ha sido ese. “Ahora no puedo conversar porque acabo de empezar a vender y tengo que hablar todo el tiempo con los clientes”, responde Camila a este diario sobre las dos de la tarde. Ella pasa más de 10 horas en la puerta de la estación, hasta que cierra completamente a las 12:30am. Su objetivo es vender lo máximo posible.

                                                                                                                    Helados vendidos en la estación de Metro de Oporto. (Ana Beltrán)

 

“Con esto por lo menos me saco más de 1.200 euros al mes y no le hago daño a nadie”, explica la inmigrante a la mañana siguiente. “Trabajo de tarde porque hay otro señor que vende temprano y nos rotamos para no pisarnos. Antes viajaba desde Guadalajara, pero me mudé a Alcalá para estar más cerca. Aquí mismo compro todo a un señor encargado de producir para muchos vendedores que están dispersos por todo Madrid. Ayer vino la Policía y me quitó todo. Perdí 120 euros. No opuse resistencia porque sé que hacían su trabajo, aunque eso implica que yo no pueda hacer el mío”.

Camila siempre mantiene las empanadas y las patatas, pero varía su oferta de bebidas en dependencia de la época del año. En otoño e invierno solo vende café y en primavera despacha refrescos y botellas de agua: “Somos tres o cuatro amigas que nos dedicamos a esto y cada una vende cosas diferentes. Jamás hemos tenido problemas con algún alimento nuestro que le haya sentado mal a alguien. Ningún inspector sanitario tampoco ha venido a cuestionar lo que vendo ni cómo lo hago. Me fío del señor que elabora mis productos porque a la gente le gustan mucho”.

Ella no quiere dedicarse a esto toda la vida y por eso en las mañanas envía su CV y va a entrevistas de trabajo en bares y restaurantes. Hasta ahora no le “ha salido nada”. Mientras tanto, como está tratando de regularizar su estatus migratorio y ya tiene un permiso de trabajo provisional, se dio de alta como autónoma repartidora de alimentos para ver si la Policía dejaba de molestarla, pero no lo ha logrado.

 

 

https://www.elconfidencial.com/espana/2026-06-02/venta-ambulante-alimentos-comida-madrid-barcelona_4364103/?cx_testId=19&cx_testVariant=cx_1&cx_artPos=0&cx_experienceId=EXBRI3YO5OLD&cx_experienceActionId=showRecommendations8OP2A7BOMROJ38#cxrecs_s

13/09/2026