De Vega Miguel Santiago en 3 Abr 2026
Hay ausencias que no terminan nunca.
No hacen ruido, no ocupan portadas todos los días, no detienen el tráfico ni interrumpen las agendas internacionales. Pero están ahí, extendiéndose como una sombra persistente que apaga familias, ciudades y generaciones enteras. En México, la deja de ser un mero delito. Es una forma de tiempo detenido.
A pocos kilómetros del estadio Akron, en Guadalajara —uno de los escenarios del Mundial de 2026—, han ido apareciendo, poco a poco, más de 400 bolsas con restos humanos. No de golpe, no como un hallazgo puntual que sacude conciencias durante unos días, sino como una acumulación lenta, casi silenciosa, de fragmentos de vida. Porque esas bolsas no equivalen a 400 personas, sino que contienen cuerpos desmembrados, historias interrumpidas, identidades que tardarán meses —o años— en reconstruirse a través de pruebas genéticas, biopsias y muestras de ADN.
La escena encierra una contradicción difícil de ignorar. Por un lado, un evento global que simboliza celebración y progreso. Por otro, una fosa que recuerda que, en ese mismo espacio, hay vidas que nunca podrán celebrarlo con el resto. Las luces del estadio trazan una frontera nítida entre un espectáculo iluminado y la penumbra de lo que ocurre más allá de la última grada. El mundo mira el partido; México excava.
Los colectivos de familiares no señalan al Mundial como el problema. Es más, lo ven como un espejo. Un escaparate que obliga al país a mirarse sin eufemismos. Porque lo que ocurre en Jalisco no es una anomalía, sino el reflejo de una crisis estructural que México arrastra desde hace décadas.
Según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, el país superaba ya las 107.000 personas desaparecidas a finales de 2022, una cifra que distintas organizaciones elevan hoy por encima de las 130.000. Sin embargo, se trata de una herida que no es nueva. La primera gran ola de desapariciones se produjo durante la llamada “guerra sucia” en la segunda mitad del siglo XX. La actual, mucho más extensa, se enmarca en la mal denominada “guerra contra el narcotráfico”, iniciada en 2006. Dos periodos distintos, una misma lógica.
Nombrar lo que ocurre exige, sin embargo, una cautela que no diluya la gravedad. En distintas regiones del país se han documentado espacios donde las víctimas son asesinadas, incineradas o enterradas clandestinamente. Lugares que no siempre aparecen en los mapas oficiales, pero que dibujan una terrible geografía paralela.
En este contexto, la respuesta institucional ha sido, en demasiadas ocasiones, insuficiente. Los restos aparecen, pero no siempre se identifican. Se acumulan en servicios forenses saturados, se deterioran, se extravían o quedan atrapados en expedientes que avanzan con una lentitud desesperante. Vidas enteras reducidas a registros incompletos, a números que alargan una lista que no parece tener fin. En palabras de la filósofa Judith Butler, no todas las vidas son lloradas de la misma manera; algunas, simplemente, se convierten en cifras.
Es en ese vacío de acción institucional donde emergen las madres buscadoras.

Grupo de Madres Buscadoras con palas excavando en las afueras de las ciudades de México. Fuente: Cuartoscuro
No como activistas en sentido tradicional, ni como una extensión organizada de la sociedad civil, sino como una respuesta directa a la ausencia del Estado. Mujeres que han dejado sus trabajos, sus rutinas y su vida anterior para salir al campo con palas, varillas y la esperanza de encontrar algo. No solo a sus hijos, sino a los hijos de otras. Porque en esa búsqueda, lo individual se diluye y deja paso a un fin mucho más grande: la justicia.
Su labor es tan esencial como precaria. Carecen, en muchos casos, de seguridad social, apoyo psicológico o recursos materiales suficientes. Así, a las enfermedades físicas derivadas de la búsqueda se suman los efectos del trauma prolongado. Y todo ello en un entorno marcado por el riesgo. De acuerdo con la organización Artículo 19, al menos 35 personas buscadoras han sido asesinadas y 8 más permanecen desaparecidas desde 2010, muchas de ellas tras haber recibido amenazas o contar con medidas de protección claramente insuficientes.
La Organización de las Naciones Unidas ha advertido sobre esta situación y ha instado a reconocer a estos colectivos como defensores de derechos humanos, lo que implicaría mayores garantías de protección. A fin de cuentas, lo que hacen no es solo buscar, sino sostener una función que debería ser pública.
La relación con las autoridades refleja esa tensión. Si bien en algunos casos las Madres Buscadoras cuentan con acompañamiento institucional mínimo, en la gran mayoría, operan completamente solas. No es extraño que, además de enfrentarse a estructuras criminales, tengan que lidiar con obstáculos legales o acusaciones de entorpecer investigaciones.

Marcha de Madres Buscadoras, México, mayo 2023. Fuente: Presentes
Mientras tanto, la cifra de desaparecidos sigue creciendo y las familias continúan viviendo en un duelo continuo. Si no hay cuerpo, no hay certeza y no hay cierre. Solo queda una pregunta que se repite con el paso de los años.
Porque detrás de cada número, de cada vida suspendida, hay una familia que no puede reconstruirse. Nombres que ya no responden, habitaciones vacías en casa, mesas donde siempre falta alguien. La desaparición reduce a pedazos el tejido social de México.
En ese paisaje, las madres buscadoras encarnan una paradoja difícil de asumir. Son, al mismo tiempo, la prueba del fracaso institucional y la evidencia de una resistencia que se niega a permanecer en silencio. Sustituyen al Estado allí donde este se ausenta, sacando a la luz, con cada excavación, la profundidad del problema.
Mientras en otras partes del mundo algunos recogen a sus hijos a la salida del colegio, en México hay madres que salen al campo a cavar. No buscan justicia en abstracto, ni grandes reformas estructurales. Buscan una respuesta.
Ellas mismas lo resumen mejor que cualquier análisis. Su labor es “ir a buscar sin querer encontrar. Ir a preguntar sin querer que te respondan. Necesitar una verdad queriendo escuchar una mentira”.
Quizá por eso, en medio del ruido de los estadios y la celebración global, conviene recordar que hay victorias que no aparecen en el marcador. Y que, en México, la única que realmente importa se encuentra lejos de las cámaras; allí donde alguien, con las manos en la tierra, intenta devolverle un nombre a lo que el mundo ya ha olvidado.
Redactora: Vega Miguel Santiago
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13/04/2026

1 Comment
Rubén Torres
18 horas agoAl leer esta mierda de relato, pensé: Seguro que lo ha escrito una tía. Y efectivamente, así ha sido.
Sé por experiencia que la mayoría de las mujeres tienen escasez de sensatez y de sentido común.
Ellas están a años luz de llegar a la conclusión de lo inútil que es buscar restos humanos. Es como conformarse con poner un cubo donde hay una gotera.
Las personas inteligentes se dedicarían a buscar porque o qué ha provocado esa gotera y buscar la solución. Pues eso mismo deberían hacer todos los mexicanos; buscar cómo solucionar los numerosos problemas en vez de poner “cubos de agua”. Y esas soluciones están todas en mi blog, solo tenéis que leerlas y ponerlas en práctica.
Para empezar, deberían educar a los maestros de escuela a que dejen de promover la monogamia, tan solo con esa medida se salvarían miles de vidas de mujeres y también de hombres, se acabarían con los celos, las envidias, las infidelidades, etc.
Otra causa de múltiples muertes es la prohibición de las drogas. Otra cagada que provoca infinidad de asesinatos y cárceles saturadas.
Otra causa de asesinato es el dinero, bastaría con que desapareciera para que la gente no matase por conseguirlo.
Como pueden ver, ninguna de esas propuestas las menciona Vega.